• Reseña autobiográfica

    25/11/2020 | News
  • Neivi Martinez

    Pequeña Reseña autobiográfica.

     

    Soy soprano Queretana. La búsqueda del canto y de un hermoso sueño me trajeron a vivir a Europa y a cantar, aunque no lo crean, en países que nunca pensé que existieran. 

    Todo empezó en Querétaro de donde guardo recuerdos lindísimos de mi niñez: el olor a tierra después de la lluvia, los atardeceres únicos, los domingos de danzón y esquites en el Jardín Zenea, las navidades de pastorelas con enchiladas y buñuelos. Viajábamos los fines de semana a San José Iturbide a casa de los abuelos, en cuyo trayecto, la rockola de mamá y papá, tocaba mil canciones para hacernos el viaje más corto a mis hermanos, Beto, Rafa y a mí.

     

    Entre semana, en nuestro colegio, enfrentábamos la lucha diaria por alcanzar la rigurosa expectativa de la educación católica, las reglas, las tareas, los “wanna-bes” y “wanna-haves” de los colegiales; pero los fines de semana éramos libres corriendo entre la milpa, acariciando los conejos (que cada fin de semana eran más) y escuchando el cantar de los borregos (o el coro del Cotolengo de santo Viejo, como mi padre los llama),  jugando y cantando entre montañas de maíz por desgranar. 

    Mis papás, eran wokoholics: Neivi Rivas era cantante de música mexicana y contadora en el sector Salud. Ella fue mi primera maestra de canto y también de administración; su guitarrista y futuro ex-marido, era de una profesión difícil de definir. Mi padre es como aquellos griegos que eran todo a la vez, guitarrista, organista, locutor, actor, filósofo, escritor, visionario y director de Bellas artes (Institución Académica de la UAQ); y como hija única en la familia, mi amor total. 

     

    Después de la escuela y las tareas, tuvieron a bien mantenerme siempre ocupada y entretenida con actividades artísticas. Hice de todo: ballet, danza folklórica, hawaiano, tahitiano, flamenco, teatro, música, coro, guitarra...  Ahí, como a Alicia en el país de las maravillas, se abría una ventana a la libertad, a un mundo perfecto, el mundo de la música y el teatro.

    Un día a los 8 años más o menos, me entretenía hurgando en una caja de zapatos llena de casetes, (donde por cierto había de todo, como en botica), escuché cada uno de ellos en un equipo portátil de lámina de aluminio de papá. Entre ellos encontré uno que, al apretar el botón de play, me transportó a una dimensión desconocida: El Requiem de Mozart de los niños cantores de Viena.  Lloré en silencio por la belleza de esa música angelical. Hasta ahora no me explico si las lágrimas fueron de tristeza o del  éxtasis al que esa música fue capaz de elevarme.

    Más o menos a esa edad me uní al coro de niños de Bellas Artes bajo la dirección del Maestro Arnulfo Benítez, quien me acercó a la música clásica y con quien tuve mi primera participación en la ópera La Boheme de Giacomo Puccini. Aún ahora recuerdo la cancioncita aquella “Aranci, nínnoli, caldi marroni, e caramele turroni!”.  También en mi escuela, el Colegio Fray Luis de León, me dieron la tarea  de cantar el himno nacional en los honores. Siento aún el temblor de los lunes de mi falda tableada blanca. Ah, y el del día en que me designaron para dirigir el coro de niños en un concurso local del Himno Nacional en Bellas Artes. Aunque con las actuaciones y el trayecto recorrido el temor se ha ido disipando, debo confesar que el miedo escénico no se ha ido del todo.

     

    Más tarde a los 18 años conocí al Maestro Francisco Núñez Montes, compositor, pianista y gran conocedor de voces. Él me llevo de la mano durante un buen tiempo. Conmigo y un gran grupo de aspirantes al escenario operísitco, compartió sus conocimientos y nos abrió las puertas de su academia y su extensa dicografía. Él descubrió mi tesitura de soprano.

     

    Un día después de mi primer recital celebrado en Bellas Artes, llena de orgullo y todavía flotando por la emoción de haber compartido el canto clásico como solista por primera vez, leí su comentario en uno de los Diarios locales: “Algún día Neivi será reconocida en la escena internacional“. Que dicha haber podido hacer tablas en su academia. También gracias a él conocí a quien fuera mi siguiente Maestra, Monica Preux, quien impartía clases en la Universidad de Sonora. 

    Así fue como el canto me llevó por primera vez fuera de mi ciudad. 

    Desde entonces todo ha sido una aventura constante: una persecución de sueños, siembra y colecta de bellos proyectos, un maratón de escenarios y un peregrinar de luces y sombras. Estudié en Sonora la Licenciatura en Artes y de regreso a mi ciudad me integré como solista en el „Coro Municipal Voces Queretanas“. Sentí que apenas había desempacado cuando recibí la invitación a inaugurar un intercambio cultural entre Querétaro y Suecia, donde di dos giras de conciertos. El sistema educativo de ese país, su cultura,  trato y cosmovisión me maravillaron. Hasta que pronto cayó el infernal invierno nórdico: ante los grados bajo cero escandinavos, el sol de Sonora era el paraíso. El termómetro tocó aquel año los treinta grados bajo cero y mi corazón también: lejos de casa, de la familia y en medio de un país tan perfecto, pero tan desconocido, todo me pareció obscuro. Regresé a Querétaro un par de meses a recargar baterías y compartir mis sureales experiencias, pero mi curiosidad por Europa ya había penetrado en mis venas como aquella música de Mozart. En mi mente sonaban la Misa de Coronación, el Réquiem, Exhultate Jubilate, Laudate Dóminum, los discos de Cecilia Bartoli y Mirella Freni, el recuerdo de mis álbumes de historia del arte con los monumentos y estatuas barrocas, y mi anhelo por hacer una carrera internacional. Regresé después de algunos meses pero esta vez a Alemania a hacer audiciones. Para solventar los gastos, trabajé un tiempo de “Au Pair”, como le llaman ahora a las muchachas modernas, limpiando casas y cuidando a tres hermosos niños: Sofie, Maurice y Fabrice. En ese tiempo tuve dos amigas muy preciadas: Úrsula y Renate, dos argentinas lindísimas personas que me ayudaron a afianzar un pié en Alemania y a comprender el shock cultural por el que estaba pasando. Si en aquel entonces el internet hubiera sido como ahora, creo que habría resuelto también muchas dudas consultando a San Google. Estamos hablando de 2004. O sea que no existían ni WhatsApp, ni Facebook y el contenido en Google era muy pequeño, así que mi búsqueda de audiciones fue prácticamente a la buena de Dios.

    A los pocos meses me dieron mi primer empleo como soprano coreuta en el Teatro del Estado de Klagenfurt, en Austria (otro país, pero por fortuna también se habla alemán). Ahí, por primera vez, conocí el ambiente de un teatro de ópera profesional: con chicas que nos visten y nos peinan como princesas y con la disciplina de ensayar cada detalle a la perfección. Luego de tres años y numerosas producciones, me mudé a alemania, al Teatro del Estado de Gießen, cerca de Frankfurt, donde tuve oportunidad de cantar un amplio repertorio en coro y como solista; conocer gente nueva, casarme felizmente y continuar recolectando experiencias. Fueron 8 años maravillosos. Pero la travesía no terminó ahí. Tuve un trabajo fijo haciendo lo que más amaba y un hogar lindo con mi marido, impartí clases de canto en la Kantorei de la Iglesia de Dillenburg (un pueblecito que esta más o menos a la misma distancia que hay entre San Jose Iturbide y Querétaro) a donde iba y venía 2 veces por semana y estudié más: danza y ballet contemporáneo; me inscribí en la universidad para estudiar técnica en grabación y sonido… Pero una voz interior me decía que eso no podía ser todo.

     

    Un día llegué al ensayo de „Freischutz“, en donde otra vez me pidieron hacer un solo de baile, pero esta vez quedé estupefacta. A mitad del escenario un tubo de pole dance se elevaba al cielo. Al preguntar al director de escena de qué se trataba, me respondió: “Por favor, Neivi, pensaste que te iba a poner a bailar un vals vienés?”. Mi mundo paró y me detuve a ver mi panorama. El estereotipo de latina es sus cabezas estaba por encima de mi carrera como cantante y no había nada que pudiera hacer para defenderme. A mi marido le gustó la idea de que bailara así y por hacerle feliz, decidí aceptar. Después de un mes de entrenamiento lo logré, pero fueron las ultimas presentaciones que hice en ese teatro. Desgraciadamente mi marido y yo no habíamos podido tener familia y artísticamente no había más para mí en ese lugar. Lo que pasó me hizo considerar la idea de independizarme y buscar una carrera que me permitiera crecer como solista, viajar, sobre todo visitar a mis papás y mi México más seguido. Hasta entonces habían pasado 11 años sin pasar navidades con la familia en Querétaro, ya que diciembre es siempre temporada de funciones y no me permitían ausentarme. Hablé con mi marido al respecto y no estuvo de acuerdo en que dejara mi trabajo. Teníamos un nivel de vida bastante holgado, y tenía miedo de perder lo que habíamos construido, pero a costa de mis sueños, me parecía alto el precio por quedarme ahí, intentando llenar un estereotipo que no llenaba mi alma.

     

    La Era Digital entró en Juego. Después de hacer una bella página de internet y un canal de You Tube, de abrir perfiles en Twitter, Facebook e Instagram y grabar mi primer álbum como solista (en un momento bastante pesado de mi vida, mientras lloraba mi divorcio y me mudaba a mi departamento de soltera), me llegó una invitación a cantar como solista independiente con conciertos regulares en los más lindos palacios de Viena, la capital de la música: aquí, en donde alguna vez Mozart caminaba por estas calles mientras en su mente sonaban sus más bellas obras. 

     

    Han sido lindos años desde abril de 2016 en que me mudé a esta ciudad. Si bien la nostalgia de haber dejado todo atrás no se va del todo, mi camino ha sido hermoso.  Ahora puedo visitar a mis papás en navidades e incluso varias veces al año, (y hablar con mi mamá todos los días por Whatsapp). Aquí he cantado en los hermosos palacios de Schönbrunn, Hofburg y Belvedere; en la inauguración del Museo del Mundo, en donde está todavía nuestro Penacho de Moctezuma (¡Que nos lo regresen!), en la Fashion Week y el concierto de año nuevo en la Catedral de San Esteban con miles y miles de espectadores. Me han invitado a cantar en países en los que jamás pensé  estar: Grecia, Corea, Bulgaria, Serbia, Macedonia, Turkmenistán y Kasachistan. 

    En el 2018 formé mi propia agencia y academia artísticas „Amadeus Artists“, las cuales me permiten representar a otros artistas y crear puentes culturales a nivel internacional.

     

    Al regresar a mi bella ciudad Querétaro, me doy cuenta que ha ido creciendo en todos aspectos, su belleza y limpieza son ejemplares y, a la par de la tecnología, nuestra ciudad se ha convertido en un ícono en los ámbitos aeronáutico y de diseño internacional. Mi ciudad no es sólo excelente en su educación y rica en su cultura, es también modesta y discreta, como los queretanos. 

    Me sorprende el avance de mi estado: al pasar de los años se ha modernizado en su transporte y en la calidad de sus servicios; se ha internacionalizado en su industria y, sobre todo, ha sabido conservar sus tradiciones y exaltar sus raíces. Mi patria es mi fuente de inspiración y me enorgullece representar a mi país por donde quiera que voy, además de disfrutar seguir cantando con orgullo nuestras canciones. 

     

    Debo confesar que estoy sumamente agradecida por la era en que vivimos, donde las distancia sparecen cada cada vez más cortas y la comunicación más rápida. Me siento hiper-conectada con mi Estado y mi familia y estoy contenta de que todos estemos inter-conectados globalmente, para bien o para mal, en esta Era Digital.

     

    Mientras escribo estas líneas pienso en aquella niña chiquita, prieta, regordeta y miedosa que no encajaba en los sitios comunes y estoy segura de no hay sueño que una mujer mexicana no pueda alcanzar. Para ello son necesarias una buena dosis de rebeldía y curiosidad, pasión por lo que se ama, determinación para no aceptar lo que no nos llena del todo y una valentía infinita para enfrentarse a lo desconocido. 

     

    Hoy es 23 de Noviembre del 2020. En Viena estamos en cuarentena por la segunda oleada del corona virus. Los Palacios y los teatros están cerrados y no parece que nuestra actividad artística vaya a reanudarse normalmente durante un buen tiempo. Pero aún así, no dejo de soñar. Estoy muy ocupada construyendo una ciudad en realidad virtual: „ Amadépolis“ la ciudad de la música, en donde habrá cine, teatros, galerías y un maravillosos público internacional que gozará del disfrute del arte. Al fin, si no nos dejan soñar en la realidad, lo haremos virtualmente. Vengan todos. 

     

    Les invito a realizar sus sueños. No importa si el mundo está preocupado con otras realidades, sólo nosotros somos dueños de nuestra percepción y destino. Sólo nosotros decidimos hacia dónde dirigimos el vuelo.

     

     

     

    Neivi Martinez

    Viena, 23 de Noviembre 2020

    www.neivimartinez.de

    www.amadeus-artists.com